Paseos con Javier Pérez Andújar

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No hace mucho le regalé a mi madre Paseos con mi madre de Javier Pérez Andújar. A sabiendas de que desoía sus peticiones de recibir alguna novela romántica, quise intentar que probase algo nuevo. Alguna lectura que, aunque se apartase de los caminos clásicos de la novela, pudiera ofrecerle al menos referencias conocidas, temas cercanos. —Mira, mamá, habla de San Adrián, incluso aparece La Llagosta. ¡La LLagosta!— Y ¿qué mejor que regalarle a una madre un libro sobre la madre de uno?

Pues bien, a estas alturas debo asumir el fracaso de mi idea. La receptora del regalo lo abandonó afirmando que al libro le faltaba algo. Y ese algo es la narración. Que no es poco, desde luego, pero al mismo tiempo ese carácter no narrativo —pronto vemos que el libro tiene más que ver con la poesía, aunque sea prosa— es parte de su atractivo. Pérez Andújar parece tener claro desde hace bastante de qué quiere hablar, que es de su mundo: su entorno familiar y geográfico, su ambiente; su trayectoria, su pertenencia al extrarradio físico y literario. Tras su paso por el underground pudo consagrarse a estas obras que son en realidad una sola. Desde Los príncipes valientes al Diccionario Enciclopédico de la vieja escuela, pasando por estos Paseos e incluso su reciente pregón de las fiestas de la Mercè o el cuento de estas pasadas navidades, son todas creaciones que giran en torno a lo mismo, variaciones sobre sus grandes temas: los polígonos, los tebeos, la lucha obrera… Y la identidad.

Esta unidad de la obra lo acerca a algunos grandes, pongamos por ejemplo Josep Pla, acompañada como va de unos principios irrenunciables y una honestidad que sin duda le ha granjeado detractores. Pérez hace de todo todo menos esconder sus filias y fobias, quizás porque su obra es una herramienta de investigación, de búsqueda de sentido y de una identidad huidiza. De la unidad de temas y estilo me daré cuenta —por decirlo como él— cuando vea reaparecer ese uso del futuro. Precisamente ese uso del tiempo, que se mueve caprichosamente en todas direcciones, es un rasgo marca de la casa que aleja la noción de narratividad y que aporta esa sensación de inmediatez, de fidelidad al vaivén de los pensamientos. Él mismo afirma que su maestro en este sentido fue Philip K. Dick.

Recientemente estuvo en esta ciudad Iain Sinclair hablando de lo suyo: la psicogeografía, esa propuesta de estirpe situacionista que tiene que ver con caminar y fijarse en lo que hay por la calle, y en cómo esto influye en la gente y es moldeado por la gente. Aunque me apuesto algo a que Pérez Andújar abominaría de esta etiqueta, pienso que su propuesta tiene bastante de psicogeográfico. En Barcelona uno puede ver a escritores si accede a ciertos ambientes, cerrados por lo general. Por la calle esta posibilidad se vuelve casi remota. Pues bien, a Pérez Andújar se le ve con cierta frecuencia andando por la calle, despacio, en petit comité, poniendo de manifiesto que lo que debería ser natural se ha convertido en una rareza en la actualidad: el contacto directo con el mundo real.

“El jardín colgante” y la Nueva España

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Para mucha gente de mi generación, los años setenta representan todo aquello que no ha llegado a ser antiguo, ni vintage, sino que permanece en el baúl de lo viejo, de lo no recuperado. Es la época de nuestros padres, y además las décadas de números impares como el 7 o el 9 siempre cuestan más de reivindicar. Si añadimos que esos años son en España de un gris de uniforme policial, llenos de esperanzas que no habrían de materializarse y de vestigios autoritarios que a la larga nunca desaparecerían, el panorama no resulta muy alentador. Sin embargo, podemos descubrir también una época cautivadora, de violencia latente y al mismo tiempo de idealismo militante. Más cautivadora si cabe si quien nos la acerca es Javier Calvo. Si alguien podía revertir todo el tedio que inspira el tema de la Transición es él. El lector que pudiera ver peligrar los grandes temas y motivos de su narrativa no tiene de qué preocuparse. En El jardín colgante encontrará entornos apocalípticos, extraños ritos y chicas alternativas. Todo ello aderezado con el humor sarcástico y la mala leche marca de la casa.

Ya hace cuatro días que la colisión con la Tierra del meteorito 41.50N 1.54E 4/11/1977 00:30 UTC+1, conocido como el Meteorito de Sallent por el lugar del impacto, dejó aturdido al país entero, por lo menos durante las primeras horas. Durante ese lapso, treinta millones de personas lo olvidaron todo. Como personajes de cuento de hadas tocados por una varita mágica.

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En esta España trastocada que ha borrado de golpe el pasado es donde transcurre la historia, una historia de agentes de inteligencia y militantes revolucionarios. Entre ambas instancias, agentes infiltrados que las comunican entre sí, como Teo Barbosa, el joven que está a punto de pasar a un otro lado lleno de reminiscencias metafísicas. O el iluminado Dorcas. Aquí los buenos y los malos, la ley y el crimen, están desdibujados y no son términos absolutos ni mucho menos opuestos. Por eso el agente que controla la operación, Arístides Lao, alias Sirio, es un genio analítico pero también un personaje repulsivo para todos, ajeno a todo valor o toda cualidad humana. A su lado están un joven agente con tupé y con debilidad por las mujeres, Melitón Muria, y en las altas instancias el protector de Lao, Ponce Oms, el único que parece apostar por él. Lao recuerda a ese anatomista desquiciado que vimos en Corona de flores, deshumanizado, maniático y grimoso, pero que hace que tengamos que confiar en él.

 Muria piensa en la Nueva España. Piensa en cosas que han muerto pero que nadie dice que han muerto. En cosas que dejaron de existir hace milenios pero que siguen ocupando el mismo espacio vacío porque todo el mundo actúa como si siguieran vivas. Cosas podridas que acechan en despachos a oscuras.

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A mi modo de ver, el principal punto fuerte de la novela es la feliz mezcolanza entre una reflexión potente —el tema de España digamos, a lo noventayochista—, unos motivos poéticos —que tanto a Calvo como a sus seguidores nos encantan— y un molde que es el de la novela policíaca como podría ser otro, porque va más allá del género. Todo ello, claro está, narrado con maestría, sabiendo crear tensión, manteniendo un pulso vibrante, y fiel a un estilo y una voz que, sencillamente, es de lo mejor que podemos encontrar en nuestras letras. Ojalá esta Trilogía de la muerte se vea pronto completada, puesto que van cuatro años ya desde la publicación de esta fenomenal El jardín colgante.

No sabría explicar muy bien qué es lo que le resulta inquietante de la forma en que la noche se acaba de tragar a Sara Arta: algo relacionado con la forma en que son traspasadas ciertas membranas de este relato. Ciertas membranas estructurales de esa realidad que es la Nueva España.

Corona de flores de Javier Calvo, o la ciudad secreta.

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No me seduce lo más mínimo el género policíaco. No puede ser de otra manera para alguien que comparte lugar de trabajo con cientos de agentes y que rehuye los vicios digamos morales de estos amigos de la violencia institucional. Tampoco consumo novela negra, porque la asocio a lo policial y los clichés del género a menudo tapan el bosque. Todo cambia, sin embargo, si tenemos delante una novela escrita por Javier Calvo, escritor que vio la luz años atrás y se echó en brazos de la literatura policíaca, pero que ha mantenido un estilo y unos referentes que considero de lo más edificante del panorama actual, por su militancia estétitca sin fisuras, la pasión y el profundo conocimiento que subyacen. Corona de flores es negra y policial pero va más allá. Se ha calificado de novela gótica, seguramente por la omnipresencia de la noche, la oscuridad, lo oculto, y es cierto que el gusto por grutas, palacios y criptas nos evoca a veces a los clásicos del género. Más allá todavía, la recreación histórica de la Barcelona de la Restauración, aunque siempre bajo un barniz de mugre y sordidez, añade otra dimensión a este libro a la vez repugnante y cautivador.

¿De qué va Corona de flores? Es la historia de un anatomista bastante perjudicado y un inspector cruel y paranoico que se ven arrastrados por un caso que sacude a la sociedad barcelonesa: el de los crímenes de la Esperanza. Esta trama y las que la acompañan suponen en última instancia una indagación en lo más perturbador de aquella ciudad a las puertas de la modernidad, como anunció el propio calvo en esta entrevista. Si buscamos cuál puede ser el tema de la narración, yo mencionaría la noción del progreso, ese concepto que acaba con un mundo para conducir a otro, y del que el propio autor afirmó en esa misma entrevista no renegar en absoluto.

Lo que hace grande a esta novela es también el despliegue estético de motivos caros al autor, en primer lugar la escatología. En el sentido de revelar las muchas miserias del cuerpo humano también, pero en especial la idea recurrente de un apocalipsis a punto de llegar, un gran final, en este caso de todo un período histórico. Asistiremos también a los crímenes, a los procedimientos forenses de la época, el tema de la pulchra puella —que apunta a la leyenda de la patrona Sana Eulalia y que aporta otra capa de sentido— así como aparecerá la bibliofilia del autor, y algo vagamente metaliterario a través del folletín de moda, La ciudad secreta, que hace resonar los propios ecos folletinescos de la novela.

Otro de los puntos fuertes para mí es el estilo de Javier Calvo, preciso, hábil, que sabe cómo guardarse ases cuando conviene y cuándo sorprender. La habitual narración en presente, muy cinematográfica, deja entrever un narrador omnisciente cuando se mete en las abstrusas mentes de sus protagonistas. Por lo demás, todo mantiene esa atmósfera noir y apocalíptica marca de la casa.

Si algo tienen en común los personajes que pueblan este submundo es su baja catadura moral y los traumas que arrastran. El inspector Semproni de Paula, paranoico y casi enano, despiadado, cruel, realmente abyecto. Menelaus Roca no sería en absoluto un contrapunto, sino que también obedece a una ética muy peculiar, supeditada a sus investigaciones. El doctor Roca es una especie de científico loco traumatizado por su paso por el orfanato, su fotofobia extrema, su pasado oscuro a cuenta de la Pseudorquidea. Con Javier Calvo aprendemos cosas como lo que es un nistagmo, la peculiar característica ocular que hace a Roca aún más inquietante. Conocí una vez a un matemático, friki más que loco, que lo tenía, sin que yo supiera cómo se llamaba esa ¿condición? que hacía que fuera apodado El Cirsa.

Por ir acabando, una novela como esta tiene el encanto, para los que rechazan el género negro, de ofrecer un viaje a una Barcelona de pesadilla, “victoriana”, casi steampunk, con una geografía apasionante, bien documentada pero con concesiones a la imaginación, una auténtica “ciudad secreta” que al mismo tiempo no deja de ser el barrio donde vivía el autor: el barrio del Hospital, de Trentaclaus, de Sant Bertran, un Monte Táber mucho más imponente que el real… La ciudad antigua pasada por un filtro oscuro y grotesco. ¿Y el título? Durante toda la novela no encontraremos ninguna referencia a esa corona de flores a la que hace referencia. Sólo al final, en una imagen brutal de las que se quedan grabadas, comprenderemos el motivo.

 

Pompeu Gener: un mentiroso en el cielo.

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De la web de Malpaso, uno de los sellos que más cuida el diseño.

El cielo de los mentirosos llegó a mis manos el pasado mes en forma de regalo. De Sant Jordi, claro. Dio la casualidad de que el propio autor se encontrara ese día firmando ejemplares en la Moritz nuevo e inesperado escenario para firmas de libros, así que fui para allá. Tras preguntar el nombre y escribir la dedicatoria de rigor, Juan Miñana dijo:

“Jo crec que us divertireu molt”.

Fue como si una alegre música de fondo se interrumpiera de repente. ¿Qué quería decir con eso? ¿Qué es este libro tan primorosamente editado, una especie de divertimento? ¿Tengo cara de leer para divertirme, Juan Miñana? Exageraciones mías aparte, se puede decir que el libro es divertido, sí: una vaga sonrisa, a menudo de ternura, se instala en la boca durante su lectura, que fluye sin decaer en ningún momento. Pero hay mucho más que eso.

El cielo de los mentirosos viene a ser una biografía novelada o una novela biográfica centrada en un personaje muy popular en la Barcelona del Modernismo: Pompeu Gener, Peius. Aspirante a filósofo, literato, bohemio, una figura de sobra conocida en las tertulias y ambientes literarios de su tiempo, no siempre por sus méritos intelectuales sino más bien por su condición de personaje estrafalario, aunque también muy querido. No podía ser de otra manera con un tipo cuyos escritos fueron a menudo un refrito de teorías y tesis ajenas mal asimiladas, y cuyo rasgo más evidente era una fantasía sin límites a la hora de presentar sus logros y todo lo que tuviera que ver con su persona. Por si eso no bastara, Peius vestía llamativamente, con chaleco rojo, chambergo y capa.

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La aproximación de Miñana a este hombre singular está dotada de una humanidad y una profundidad muy notables. Uno no puede resistirse a las ocurrencias de Gener, por ejemplo cuando elige presentarse como secretario de la Sociedad Hidropática de París (los que evitan beber agua) o dando su dirección de la “Avenue de Petritxol”. El resto del núcleo de la historia lo protagonizan Xavier Viura, poeta místico y esforzado biógrafo, que también existió, y el personaje femenino de Chelo, una joven muy desenvuelta que trabaja posando como modelo y tiene una relación muy particular con los otros dos.

Como novela, una de las comparaciones que puede venir a la mente es sin duda la obra de Eduardo Mendoza, por el humor, la soberbia recreación de Barcelona y sus ambientes la cronología coincide bastante con La ciudad de los prodigios, pero creo que sobre todo por el estilo, por esa prosa precisa, en una narración que se mantiene formal en todo momento, potenciando así lo hilarante de muchas situaciones. Cabe decir que es una obra espléndidamente escrita, que navega por variados campos semánticos con solvencia y que da siempre la impresión de haber encontrado la formulación óptima. Excepto cuando usa entelado por empañado (hasta tres veces) o puyas (sic), pero eso es asunto del corrector.

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Foto del blog “Els pòtols místics”

Si hay que destacar algo aparte la calidad de la novela en sí, o del acierto de acercarnos a una figura que seguramente muchos, como yo, sólo habían oído nombrar de pasada cuando estudiaban, es el magnífico retrato de la Barcelona de la época, la de la Exposición Universal, el positivismo, los globos aerostáticos, la bohemia, el pistolerismo, la sicalipsis, y tantos otros elementos de un momento tan especial del pasado, y que demuestran una amplia documentación. Supone un verdadero lujo ver desfilar por estas páginas a Alfonso XIII, Verdaguer, a Gaudí, a Eugeni d’Ors, Apeles Mestres, Ramon Casas y tantos otros, cobrando vida de manera más que convincente, pero también tienen su momento locos célebres como la Monyos o el mítico Artículos Numerados, de los que Peius está cada vez más cerca.

Por último, destacaría un rasgo que no sé cómo se percibirá fuera de Cataluña, pero que tiene su interés, y es la presencia de la lengua catalana a lo largo del relato. No puede ser de otra manera en una historia protagonizada mayormente por catalanes en Barcelona, y que se da por hecho que hablan en su lengua, todo ello en una novela escrita en castellano. Creo que la naturalidad conseguida es otro punto a favor del autor, y es siempre la mejor manera de normalizar fuera de este terruño algo el uso de un idioma que nunca debió convertirse en arma arrojadiza. Una oportunidad excelente, pues, para acercarse a la Barcelona de hace un siglo y disfrutar con la bonhomía del Doctor Gener. Os vais a divertir, sí, pero también a enfrentaros a algunas de las grandes preguntas de la literatura y de la vida. De eso no nos avisó el autor, pero es probablemente lo que convierte este libro en el gran libro que es.

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Passejant per una Barcelona de novel·la

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Barcelona ha fet grans avenços en els últims temps de cara a ser comptada entre les ciutats considerades literàries, l’últim i més significatiu dels quals ha estat probablement ser inclosa a la Xarxa de Ciutats Creatives UNESCO com a Ciutat de la Literatura. No podia ser d’altra manera en una ciutat que va entrar per la porta gran a la literatura de la mà de Don Quixot, que cada 23 d’abril treu tots els seus habitants al carrer a mirar llibres i que fa ja molt de temps que serveix d’escenari i inspiració a gran quantitat d’obres notables escrites tant en català com en castellà. Relacionat amb la seva condició bilingüe (condició que podríem discutir amb unes canyes que ara no tenim), és evident que Barcelona és també una capital de la indústria editorial, i ho és de dos mercats paral·lels que, per sort, cada cop són menys paral·lels, en el sentit que les seves línies es toquen amb cada cop més freqüència i naturalitat.

Tenint en compte aquesta importància, crida l’atenció el fet que la ciutat no ha produït gaires textos que apropin al gran públic aquesta relació de segles entre els seus carrers i les novel·les que en parlen. Tenim obres notables com els 1.000 testimonis sobre Barcelona del gran cronista Lluís Permanyer, o La Barcelona literària del geògraf Carles Carreras, però hi havia  un buit que reclamava ser omplert, i ara per sort podem comptar amb aquesta Barcelona de novel·la d’en Raúl Montilla, que porta per subtítol “Rutes pels racons més literaris de la ciutat” i que, tal com indica, proposa fer ciutat de la millor manera possible: caminant-hi, de la mà d’un bon guia i amb els textos narratius que millor han plasmat el que veurem (o que més fortuna han tingut).

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El format de la ruta a peu ha vist créixer en els últims anys la seva popularitat més enllà del turisme de masses que ens visita, i avui són desenes o centenars els barcelonins que cada setmana decideixen conèixer millor la seva ciutat en alguna de les rutes de mil temàtiques diferents que se’ns ofereixen. En aquest context, és significatiu que l’aspecte literari de Barcelona s’hagi vist limitat a rutes basades en un parell de novel·les de gran èxit però literàriament desnerides. Aquest darrer Sant Jordi s’anunciava per fi una ruta literària per la ciutat, però que immediatament demostrava no ser més que una fusió de les dues ofertes preexistents. Un servidor, després de temps elaborant rutes culturals a VIA Barcelona, i acariciant llargament la possibilitat de dedicar-ne una a la literatura sobre la ciutat, ha topat més d’un cop amb la dificultat que planteja aquest repte. Ara, però, qui hi estigui interessat compta amb aquesta eina, publicada per Diëresis segell especialitzat en la ciutat en col·laboració amb el propi Ajuntament.

De l’autor, hem de dir que és periodista, i novel·lista ell mateix inspirat per aquesta ciutat mil·lenària. De fet, fragments d’ algunes de les seves obres com El último invierno o 1912: La sangre de las malditas apareixen aquí “autobombo” perfectament perdonable per il·lustrar el que ens explica. La llista de novel·les que hi veiem desfilar és sorprenentment llarga, i encara més la de llocs i temes que hi són abordats, aspecte aquest últim que és el que fa més interessant el llibre.

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Barcelona de novel·la és, per damunt de tot, un llibre sobre Barcelona, la seva història i alguns dels seus detalls menys coneguts, sustentat en textos de molts autors diferents, uns més importants i altres menys. La dificultat que esmentava abans respecte a crear rutes es fa palesa en algunes d’elles quan veiem que un recorregut salta d’una punta a l’altra de la ciutat sense solució de continuïtat, però també és cert que la millor opció és no prendre-se-les al peu de la lletra i anar per parts, gaudint sobretot de la lectura, summament amena, i acceptant la invitació a recórrer Barcelona amb ulls literaris.

 

Matar en Barcelona

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Estos días tiene lugar en la capital catalana la fiesta de la literatura negra, Bcnegra, que aprovecha el auge de este género para unir a sus forofos y ofrecer una serie de actividades variadas, entre las que destaca la entrega de un premio, el Crims de Tinta. Parece buen momento para hablar de un volumen que he estado leyendo estos días, un libro que desafía a varios autores de menos de cuarenta años a adentrarse en los terrenos de lo noir.

Matar en Barcelona es una colección de relatos que publicó Alpha Decay en 2010 como número uno de su colección Héroes modernos, en edición a cargo de Ana S. y Jordi Corominas. Es la primera vez que he visto la declaración de intenciones de esta popular colección, que reza:

Héroes Modernos es una serie de ficción, ensayo y novela gráfica que nace con ánimo corrosivo y vocación punk.

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Este volumen viene a ser una continuación en clave negra de otro que había sacado Melusina no mucho antes y que me compré en su momento, con el llamativo título de Odio Barcelona. Las dos son obras necesariamente desiguales, con vocación pop más que punk, pero que ofrecen algún texto interesante. La pauta común es convertir algún crimen cometido en Barcelona en un relato, sin identificar necesariamente el crimen en cuestión, y dejándonos así a los lectores la labor detectivesca de relacionarlo con la crónica negra de la ciudad.

Javier Calvo es quien abre fuego y lo hace a lo grande, con el cuento más largo de los recogidos aquí, y sin duda el mejor. Aunque lo de abrir fuego es un decir, puesto que en él no se dispara ni una bala y, de hecho, lo noir aparece de una manera muy personal. Calvo explica la historia de “la Bruja”, un personaje que apenas hace acto de presencia pero que nos hace pensar en Enriqueta Martí, la mal llamada Vampira del Raval. Aquel suceso es sólo una excusa aquí para contar dos historias, la de los pobres niños que esperan la muerte en manos de la Bruja y la de los asistentes a una peculiar sesión de espiritismo decimonónico. Las dos historias se relacionan sutilmente, por el espacio y por un nombre que aparece en ambas, pero unen su fuerza para apuntar a significados de altos vuelos. Vuelos como los de un zeppelin por lo menos. Están aquí presentes varios de los elementos característicos de la obra de Javier Calvo, como el orden inverso en la narración, las referencias arcanas, lo “victoriano” y otros más. Festival de las luces, que así se llama el cuento, es un despliegue de maestría que hace palidecer necesariamente a los demás.

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Gabriela Wiener, otro de los reclamos para mí de este libro, habla en Estación de Naves del triste suceso que protagonizó una persona sordomuda que fue arrojada a las vías del metro y arrollada. El suceso está bien vestido con los ropajes que le proporciona la autora peruana, que le aporta también la frescura y chispa de su estilo. A todos nos gusta más la Wiener cuando habla de penes y cunnilingus y saca lo mejor de sí, pero en esta historia muestra otros registros sin desmerecer en absoluto.

Raúl Argemí, autor argentino que ha destacado en el género negro, es de los más preparados para esta misión, y nos traslada a la primera mitad del XIX vía Flaubert, en una historia de coleccionismo bibliófilo y erotomanía llevados al extremo, al nivel de convertir a un monje exclaustrado en un asesino en serie.

Antonio Luque es el de Sr. Chinarro —nunca he tenido claro si es un grupo o simplemente él con su ego y otros músicos—, y presenta la historia de una señora gallega que no sé qué le pasa al final porque he acabado leyendo en diagonal. Le falla el tono, la voz; conseguir que nos creamos algo.

Sabino Méndez, otro músico que se pasó a la prosa, nos habla de un rockero como él, éste sí algo más punk: un miembro de la banda barcelonesa Desechables, que muere en un atraco que comete y que deja numerosos interrogantes.

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Morir en Barcelona, de Francesc Serés, es uno de los que más se aparta de las convenciones del género negro, y nos acerca en cambio a un grupo de amigos, su vida cotidiana, su adaptación al entorno y la época que les ha tocado; un entorno perfectamente familiar que se trunca con la muerte menos esperada y las incógnitas que plantea.

Sigue un extraño cuento de Manuel Vilas que nos lleva al Montevideo del futuro, y que tiene la curiosidad de incluir imágenes, y luego otro de los más sugerentes del libro, La vergüenza. En él, Llucia Ramis eleva un crimen con móvil económico, inmobiliario, a unas alturas literarias bastante meritorias, teniendo en cuenta lo prosaico del asunto. Es uno de los mejor escritos, en mi opinión, y la autora mallorquina, creo que a veces infravalorada, sabe imprimirle su estilo y una consistencia literaria por encima de la media.

Mara Faye Lethem, traducida por Javier Calvo, firma una de las historias más psicotrónicas, con un pakistaní y una señora y mucha guarrada y muchas imágenes delirantes. No sé si será por venir de fuera pero su visión de la ciudad es de las más vívidas, su cuadro humano de los más creíbles.

Lléveme a casa juega con la ventaja de recoger uno de los episodios más peliculeros de nuestra historia reciente: la muerte del empresario José María Bultó provocada por los explosivos que le adhieren al torso miembros del casi olvidado Exèrcit Popular Català, el EPoCa. Estamos en 1977, y el cuento es una excusa perfecta para indagar un poco en esa época y esos nombres.

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La penúltima historia, firmada por la poeta cordobesa Elena Medel, la más joven, nos dejará con la miel en los labios de un final abierto, al menos para mí, que no he podido localizar el suceso escondido detrás de las páginas de Nuestras hijas. En ellas, vemos como un expresidiario y una niña se van acercando, hasta que el padre decide actuar. Final abierto pero que nos podemos imaginar.

Para acabar, Darío Hernando es, igual que Sebastià Jovani, de los favorecidos por una de las historias más espectaculares y bizarras: la del joven criado invertido que asesina, profana, descuartiza y envía por correo a su gran amor; un suceso de enorme repercusión en la España de los años veinte, la de Primo de Rivera, la del uranismo, y eso sí, recreada con sobrada solvencia por este autor de origen argentino. Necrofilia y gore en un final por todo lo alto.

“En Barcelona se mata mucho”, había dicho Jordi Corominas, uno de los editores, hablando de este libro singular. Tras leerlo, queda claro que sí. Mucho y muy bien.

Los ríos perdidos de Javier Calvo

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Hacía tiempo, bastante tiempo, que no me topaba con un libro tan estimulante como éste. Un libro de esos que te obligan a releer, a recapitular, a volver sobre las páginas y tratar de entender lo que te está planteando. Tenemos aquí cuatro historias -en 250 páginas, para hacernos una idea de la extensión media- que no nos lo ponen fácil: la narración es fragmentaria, a través de escenas no siempre ordenadas, mostradas desde fuera con una precisión quirúrgica pero siempre con maestría.

De Javier Calvo había leído con anterioridad la novela corta Suomenlinna, publicada por Alpha Decay cinco años después de que Mondadori publicara estos Ríos perdidos, y que me había dejado tan frío como la isla finesa donde transcurría. Es fácil ver paralelismos entre ambos libros, desde el gusto por estas distancias medias hasta las referencias pop (de lo más oscuro entre lo pop, eso sí) y el protagonismo de muchachas descarriadas. Un tema este, casi un género, el de la chica-a-la-que-le-pasan-cosas-feas que viene por lo menos del Marqués de Sade y que consumo con gusto, lo mismo que casi todos esos referentes pop/oscuros que pueblan estos relatos.

La experiencia lectora ha ido de menos a más. Así, el texto con el que da comienzo, “Una belleza rusa”, que se inspira en Nabokov para hablarnos de una modelo rusa en Londres y el mundo que la rodea, nos lleva adelante y atrás en las fechas, en un desarrollo muy sugestivo pero cuyo final no me ha gustado demasiado.

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“Crystal Palace”, que Calvo se dedica a sí mismo -¿posible material autobiográfico?- cambia de tercio para situarnos en la Barcelona de los ochenta y la vida de un chaval fanático de la serie Dr. Who. Aquí el vínculo con Inglaterra, más o menos presente en todo el libro, tiene tal vez el tratamiento más original, y aunque el regusto costumbrista -inevitable- de la historia choca un poco con su estilo, al acabar resulta del todo convincente. La prosa en él es algo abstrusa, superpoblada de adverbios en -mente que llegan a desconcertar, y un distanciamiento de la acción que marca quizás la máxima frialdad de la que es capaz. Hay que quitarse el sombrero, sin embargo, ante la habilidad para diseminar elementos dispares hacia los que apunta la historia, cuya relación con la historia misma nunca es obvia, y que lanzan el relato a nuevas cotas de significación.

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En los ochenta no existe el futuro. Los noventa son algo que nadie puede imaginar (p. 163). “Rosemary” vuelve a situarnos en la Barcelona de los ochenta, una época en la que “todo el mundo sabe que el mundo se va a terminar”. El título remite a la película de Polanski, pero también la banda The Cure o H.P. Lovecraft tienen un papel. Ángela, la protagonista, la chica de los ojos plateados, es otra de esas muchachas con malas compañías. Aquí la riqueza del texto alcanza nuevos niveles, y no hablo de su prosa, que sigue siendo glacial, casi científica, sino de la multiplicidad de referencias y capas de lectura, desde lo familiar hasta lo esotérico y lo cósmico. Parece que Javier Calvo escriba para mí, copón. Casi cualquier párrafo encierra la esencia de su estilo:

El número exacto de veces que su madre le ha comentado su sorpresa y su inquietud y tal vez cierto desasosiego relacionado con la procedencia de los ojos de la chica de los ojos plateados es: 173.

p. 130

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Por último, “Mary Poppins: los Ríos Perdidos”, como dice el propio autor “está inspirado en las obras de Pamela Travers y John Balance, y contiene fragmentos de textos de ambos autores. Dedicado a todos los Impostores de Amatistas: quienes lo sean no encontrarán nada nuevo y quienes no lo sean no entenderán ni una palabra”. Travers, creadora de Mary Poppins, aparece como miembro de un grupo de magos, los Impostores de Amatistas, que llevan a cabo sus actividades de manera clandestina en la Inglaterra victoriana, otra de esas épocas escatológicas. Amethyst Deceivers es el título de una canción de Coil, la banda experimental de John Balance, como también lo es Lost Rivers of London. Toda una exhibición de referentes de lujo. En este relato final lo experimental alcanza la cumbre y llegamos a ver una muestra del “Caminar hacia atrás” que practican estos magos: el texto se vuelve del revés y todas nuestras certezas de lector se desmoronan al ver los hechos sucederse en orden inverso. Demencial, pero también digno de un virtuoso.

Seguridad y virtuosismo es lo que transmite este conjunto de relatos, así como la fidelidad a un estilo, unos referentes y una voz madura y efectiva, que puede alejar a lectores poco atrevidos pero que proporcionará a los demás un placer tan estético como intelectual: el de la literatura con mayúsculas.

Xavier Fina, Sense treva: fem balanç

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L’altre dia passejava per aquest temple modern que és El Born Centre Cultural i he de dir que per fi li he trobat una gràcia: la seva llibreria, abundant en textos exegètics de la història catalana però també en els dedicats a la ciutat de Barcelona. Allà, en una de les piles de novetats, vaig veure aquest Sense treva. Els cent primers dies d’Ada Colau, del qual ja tenia referències per diversos canals, i estant com està escrit per en Xavier Fina havia de venir amb mi cap a casa. Almenys un exemplar havia de ser alliberat d’aquelles parets tan època Trias.

A l’autor el recordo com a professor de polítiques culturals a l’Autònoma, algú amb el do de fer les classes divertides i molt estimulants en quant a idees. Més recentment, el llegeixo com a tuitaire brillant a qui és un plaer seguir. Per fi en aquest llibre -ignoro si en tenia d’altres- se’l pot veure aprofundir en un tema i no un qualsevol, sinó un que aixeca afectes i aversions a parts iguals. Més ben dit una figura: “la Colau”.

Sense treva ja es refereix d’entrada amb el títol a la maquinària mediàtica que s’ha posat a funcionar d’ençà de la victòria de Barcelona en Comú amb l’objectiu de desprestigiar, criticar, erosionar i difamar la nova alcaldessa. Fina és on ha de ser: escrupolós a l’hora d’analitzar la praxis política del nou consistori i assenyalar-ne els errors, però conscient també de la il·lusió que hi ha darrere, l’emocionant canvi que representa.

Com no pot ser d’una altra manera, la història comença a la plaça de Catalunya el 15 de maig de 2011, el revulsiu social i polític que no es va manifestar de manera immediata -penso en les eleccions d’aquell mateix any per exemple- però que després ha anat penetrant l’imaginari ideològic, la gestualitat de molts partits i, finalment, les pròpies institucions. L’ajuntament de Barcelona, com el de Madrid i altres ciutats més el maig passat, va ser de les primeres institucions a obrir les portes a la “nova política”. I això senta molt malament entre qui se sentia guanyador de l’alcaldia o, pitjor encara, qui se sentia amo i senyor de la ciutat.

La crònica d’aquests cent dies que fa Fina ens mostra a la perfecció la lluita entre qui arriba, un pèl inesperadament, al poder municipal amb les mancances que provoca la inexperiència, i per altra banda aquest establishment que no ha paït bé la derrota dels seus. La narració en present dels plens i les notícies d’aquests dies d’estiu és vibrant, àgil, i quasi ens fa pensar que l’estem veient, amanida a més amb algun comentari irònic marca de la casa, com els símils futbolístics que apareixen de tant en quant:

(Jordi Martí) no desaprofita la passada de gol de Ponsa per rematar un tuit a porta buida (…)

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També es molt interessant la proximitat amb què ens presenta els diferents protagonistes d’aquesta etapa i els seus companys de viatge. Especial finezza (mai millor dit) té el retrat de “l’onze inicial” d’aquest govern, en particular quan els retratats són gent com Raimundo Viejo (“ni está ni se le espera” es titula el seu epígraf) o Josep Maria Montaner, el “fill de Blade Runner”. Aquests detalls, aquesta “certa manera” de fer les coses, tal com va repetint el propi autor citant Josep Tarradellas, són el que converteixen aquest llibre en una delícia, siguem més simpatitzants de BComú o menys (serà particularment útil per als que no, de fet). Una excel·lent manera de recapitular aquests primers mesos de la nova Barcelona.

“La revolta que viurem” i les que hem viscut.

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Quan es va publicar fa uns mesos La revolta que viurem de l’Ivan Miró, la premsa més compromesa socialment se’n va fer un ressò entusiasta. Si un mèrit té aquest llibre és que cobreix tot un àmbit, el de les lluites socials a peu de carrer, les corredisses davant la policia, l’esperit de revolta, que literàriament estava orfe. Hi havia, com és lògic, una enorme quantitat de tinta en forma de textos històrics o premsa més o menys minoritària, també els versos de poetes que en diferents èpoques han conreat la poesia anomenada social, però una aproximació en prosa literària, i sovint poètica, sobre la vivència quotidiana del que significa resistir i combatre la bèstia capitalista representa una novetat digna de lloança.

L’obra se’ns presenta com una novel·la, però l’aspecte narratiu hi és poc més que testimonial, vehiculat a través del camí vital, més o menys paral·lel, més o menys entrecreuat, de tres o quatre personatges: un que s’assembla a l’autor, la seva companya intermitent, una veterana militant i una altra dona d’origen algerià. Tots comparteixen l’elevat sentit crític i de dignitat humana, de justícia social, de compromís contra la tirania de les elits. Més enllà d’aquesta lluita el lector hi trobarà la vida que s’hi associa, amb els seus anhels, la seva defensa dels valors comunitaris, de la solidaritat, dels barris, de les dones, de la gent (oposada a aquestes elits).

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Un llibre polític sense ser polititzat, ni partidista, sinó que és més aviat un recull d’experiències humanes, i també d’alguns dels episodis més recents d’aquest combat continuat, com ara l’acampada a Plaça Catalunya i la seva resistència, o la trampa davant el Parlament de Catalunya, la vaga general del 29M, etc.

Aquest interès, gairebé documental, enllaça amb la vessant sentimental, quasi de crònica i evocació d’alguns moments culminants. Per això la forma de proses poètiques és ben adient, amb un llenguatge que es presta a ser pal·ladejat, rellegit. Torno a dir que l’aspecte narratiu és feble, i fins i tot el lector hi trobarà faltes, però això no ha d’importar gens si sabem el que hi podem esperar: una crònica emocional que no distingeix el jo del nosaltres, el cos del carrer, i que resulta una lectura asequible que tant pot seduïr el militant de primera fila, com el de segona, com aquell que es mirava amb una distància plena de prejudicis els “punkis” que ocupaven la Plaça de Catalunya.

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De paseo por la Setmana del llibre en català, parte 2

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El otro día os hablaba de una de las jornadas vividas en la Setmana del llibre, el ambiente que se respiraba y alguna de sus actividades, básicamente una agradable lectura poética a cuatro voces. El día siguiente, lunes día 7, también venía lleno de actos que no quería perderme, sobre todo por la presencia de Gerbrand Bakker.

El primero de esos actos que me había anotado cuidadosamente fue una mesa redonda en la que participaba Sergio Vila-Sanjuán y en la que se debatía sobre perspectivas del periodismo cultural. Pilar Argudo, que habla cada semana de libros en Ràdio Barcelona, conducía el acto, y completaban la mesa Josep Borrell (no el político sino el hombre detrás de publicaciones como Clío o Rutas del Mundo) y Toni Iturbe (de la revista Qué leer).

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De Vila-Sanjuán siempre se aprende algo, no en vano es uno de los principales referentes de su ámbito, y trufó sus intervenciones con abundantes anécdotas e historias personales con bastante jugo. Nos brindó un magnífico resumen de lo que a su entender debe ser un periodista cultural, y que pasa por entender lo que se quiere explicar y saber combinar información y amenidad, categoría y anécdota. Una de las cuestiones latentes era la postura de ese periodismo de grandes medios, y en formato papel, frente a la proliferación de la comunicación cultural amateur en blogs y redes sociales. En ese punto intervino el periodista Toni Puntí de TVC, que apeló a la necesaria convivencia y al entendimiento entre profesionales y aficionados.

Toni Iturbe se centró fundamentalmente en su proyecto Librújula, la concepción y orígenes del mismo, mientras que Borrell habló distendidamente del paso de una redacción a un proyecto de acercamiento a la cultura griega como es Greciainfo.com, y de cómo ganarse la vida con ello.

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Fue una pena contar entre el público con el más conocido reseñista de libros, Ricard Ruiz, y que no interviniera, máxime cuando no hace demasiado que anunció que abandonaba tal actividad ante el panorama desolador en que se había movido durante años (recuerdo una charla suya durante un curso en el año 2004 en que nos recomendaba dedicarnos a la reseña si nos gustaba leer). Al menos yo recibí esa renuncia con tristeza al enterarme. El caso es que Vila-Sanjuán cambió de tercio y ya nos quedamos sin saber más de Ruiz.

Como anécdota, al ir acabando la mesa redonda, cuando Pilar Argudo ofreció participar a los pocos que éramos, surgió una pregunta entre los asistentes, formulada por un tipo extraño que hacía dibujos en un cuaderno y ni siquiera miraba a la tarima. Su pregunta fue: ¿qué es cultura terapéutica? Y pudimos ver los esfuerzos de Vila-Sanjuán por responderle a aquel hombre del que todos nos preguntábamos de dónde habría salido y si se lo tomaba en serio.

Un rato después ya estaba yo instalado donde había de aparecer Gerbrand Bakker pero como era aún temprano pude presenciar la recta final de otra charla titulada “Dràcula. novel·la i llegenda”, en que un señor leía de un papel un largo texto en presencia del editor y el traductor y a falta del autor, indispuesto éste por asuntos médicos. El libro del que se hablaba era precisamente un estudio a fondo de la novela de Bram Stoker.

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Por allí rondaba ya el escritor neerlandés Gerbrand Bakker firmando ejemplares de su nueva novela, que fue el siguiente en subir al pequeño escenario y  hacer una presentación de la misma en forma de entrevista. Bakker se ve un tipo divertido, y encajaba bien los momentos algo surrealistas que dio de sí la charla. La entrevistadora, Anna Guitart, hablando de lo melancólico de sus novelas, llegó a decir del escritor que era a depressing person, en lugar de depressed, por lo que estuvo disculpándose el resto de la tarde. Parece cierto que el holandés, o frisón o lo que sea, afirma llevar una vida solitaria y que parte de su trabajo novelístico ha tenido algo de lucha contra la depresión y la tristeza. No obstante, nos hizo pasar un buen rato a los allí presentes, y es de prever que su nombre vaya sonando cada vez más. Por allí andaba también su editora Laura Huerga de Raig Verd, a quien cabe agradecer que nos acerque a este y a tantos otros autores de mérito.

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La novela en cuestión, traducida en catalán con el título de Les pereres fan la flor blanca, no la he leído todavía, y el hecho de que vuelvan a aparecer gemelos o animalejos me echa un poco atrás, aunque seguro que acabaré cayendo, tras el placer que supuso A dalt tot està tranquil.

Sí que hice caso de una de las recomendaciones que habían hecho en la mesa del principio, la de Josep Borrell alabando el librito de narraciones de Nikos Kavadias Li i altres relats. Así que me acerqué a la caseta de una de las editoriales que más interesantes me parecen, la de Club Editor, y me hice con un ejemplar. Próximamente ya opinaré sobre él, pero de momento me quedo con lo que me dijo uno de los responsables de la editorial, que fue quien me lo vendió: es de esos libros que no dejarás de recomendar después.