Il·lusions elementals, de Ponç Puigdevall. Por i fàstic al Gironès.

Ponç Puigdevall ha estat molts anys crític literari a diversos mitjans de premsa, i potser el seu nom està encara més associat a aquesta tasca de crític que a la d’autor, tot i tenir en el seu currículum uns quants títols publicats. El seu rigor com a crític afegeix un plus d’interès en la seva pròpia obra literària, però si he triat llegir aquestes Il·lusions elementals en comptes d’un altre llibre ha estat per la foscor i un cert caràcter extrem que traspuen tant la coberta com la sinopsi de la novel·la. Efectivament, el lector trobarà que no hi ha concessions, que els problemes del protagonista en cap moment paren de créixer i que la tenacitat en l’error d’aquest personatge malsà i destructiu ens fa estar amb l’ai al cor durant la major part de les prop de tres-centes pàgines que té la novel·la.

El text és dens en el bon sentit de la paraula; s’entén perfectament, és àgil, expressiu, però simplement dens, si el comparem amb certa lleugeresa d’autors menys exigents. Una mostra d’això és que no hi ha diàlegs, si bé tampoc es troben a faltar. Els capítols, per la seva banda, són llargs, amb una partició en blocs que articula la concatenació de descripcions —sempre angoixants, destil·lades per una primera persona presonera de sí mateixa— i acció, sovint imprevisible, una cursa en cercles cap als últims esglaons de la misèria material i moral.

Llegint Il·lusions elementals, vénen a la ment algunes de les novel·les del Nobel noruec Knut Hamsun, sobretot Fam, i la sensació que ens desperta, la de voler fer reaccionar al protagonista davant de tants desencerts que presenciem. També ens pot evocar la vida d’indigent de Jean Genet al Journal du voleur, però mancat de qualsevol element romàntic.

L’Eloi, el narrador protagonista, és un escriptor que ja no és capaç d’escriure, ni tan sols llegir; només pot beure i fugir dels problemes tot deixant un rastre de fracàs i destrucció. La seva fugida endavant el porta de Girona a passar una llarga temporada a Gijón i després a vagarejar per bona part d’Espanya com un nòmada, malvivint sempre, alcoholitzat, sense cap horitzó al davant que no sigui pitjor que l’anterior. Les opcions de salvació són refusades, traïdes, malaguanyades. Només la confessió en primera persona des del futur ens permet confiar en la seva salvació.

A mi, el que em despertava una mena de consciència superior que m’ho permetia tot, en especial situar-me més enllà de les contingències, era el desig de literatura.

p. 252

La descripció detallada de tant patiment, de tanta incertesa, de l’anorreament de l’individu que suposa la indigència —i el seu company l’alcoholisme— remouen i espanten el burgès, petit o gran, que qualsevol lector portarà a dins. El que és segur és que després de llegir aquesta novel·la ens en quedarà una marca a dins, i mai més podrem mirar un captaire del carrer amb els mateixos ulls que abans.

…l’art de narrar, com la vida, es reduïa només a tres històries, la de l’home iracund que vol una cosa que sap que no aconseguirà mai, la de les meravelles i els perills de l’aventura mentre es posterga el retorn a casa, i la de l’home de geni que es creu un déu i que al final descobreix que només era un home i que el seu déu l’ha abandonat.

p. 261

 

 

“El jardín colgante” y la Nueva España

jardín colgante javier calvo

Para mucha gente de mi generación, los años setenta representan todo aquello que no ha llegado a ser antiguo, ni vintage, sino que permanece en el baúl de lo viejo, de lo no recuperado. Es la época de nuestros padres, y además las décadas de números impares como el 7 o el 9 siempre cuestan más de reivindicar. Si añadimos que esos años son en España de un gris de uniforme policial, llenos de esperanzas que no habrían de materializarse y de vestigios autoritarios que a la larga nunca desaparecerían, el panorama no resulta muy alentador. Sin embargo, podemos descubrir también una época cautivadora, de violencia latente y al mismo tiempo de idealismo militante. Más cautivadora si cabe si quien nos la acerca es Javier Calvo. Si alguien podía revertir todo el tedio que inspira el tema de la Transición es él. El lector que pudiera ver peligrar los grandes temas y motivos de su narrativa no tiene de qué preocuparse. En El jardín colgante encontrará entornos apocalípticos, extraños ritos y chicas alternativas. Todo ello aderezado con el humor sarcástico y la mala leche marca de la casa.

Ya hace cuatro días que la colisión con la Tierra del meteorito 41.50N 1.54E 4/11/1977 00:30 UTC+1, conocido como el Meteorito de Sallent por el lugar del impacto, dejó aturdido al país entero, por lo menos durante las primeras horas. Durante ese lapso, treinta millones de personas lo olvidaron todo. Como personajes de cuento de hadas tocados por una varita mágica.

crater-67623_960_720

En esta España trastocada que ha borrado de golpe el pasado es donde transcurre la historia, una historia de agentes de inteligencia y militantes revolucionarios. Entre ambas instancias, agentes infiltrados que las comunican entre sí, como Teo Barbosa, el joven que está a punto de pasar a un otro lado lleno de reminiscencias metafísicas. O el iluminado Dorcas. Aquí los buenos y los malos, la ley y el crimen, están desdibujados y no son términos absolutos ni mucho menos opuestos. Por eso el agente que controla la operación, Arístides Lao, alias Sirio, es un genio analítico pero también un personaje repulsivo para todos, ajeno a todo valor o toda cualidad humana. A su lado están un joven agente con tupé y con debilidad por las mujeres, Melitón Muria, y en las altas instancias el protector de Lao, Ponce Oms, el único que parece apostar por él. Lao recuerda a ese anatomista desquiciado que vimos en Corona de flores, deshumanizado, maniático y grimoso, pero que hace que tengamos que confiar en él.

 Muria piensa en la Nueva España. Piensa en cosas que han muerto pero que nadie dice que han muerto. En cosas que dejaron de existir hace milenios pero que siguen ocupando el mismo espacio vacío porque todo el mundo actúa como si siguieran vivas. Cosas podridas que acechan en despachos a oscuras.

gudrun ensslin

Wikipedia

A mi modo de ver, el principal punto fuerte de la novela es la feliz mezcolanza entre una reflexión potente —el tema de España digamos, a lo noventayochista—, unos motivos poéticos —que tanto a Calvo como a sus seguidores nos encantan— y un molde que es el de la novela policíaca como podría ser otro, porque va más allá del género. Todo ello, claro está, narrado con maestría, sabiendo crear tensión, manteniendo un pulso vibrante, y fiel a un estilo y una voz que, sencillamente, es de lo mejor que podemos encontrar en nuestras letras. Ojalá esta Trilogía de la muerte se vea pronto completada, puesto que van cuatro años ya desde la publicación de esta fenomenal El jardín colgante.

No sabría explicar muy bien qué es lo que le resulta inquietante de la forma en que la noche se acaba de tragar a Sara Arta: algo relacionado con la forma en que son traspasadas ciertas membranas de este relato. Ciertas membranas estructurales de esa realidad que es la Nueva España.

Rompepistas: échale la culpa a Kiko Amat

Maquetaci—n 1

Esta novela apareció en 2009, en Anagrama, pero la historia que cuenta nos sitúa en el mes de junio de 1987: unos días decisivos en la vida de Rompepistas, un chaval punk de diecisiete años del extrarradio barcelonés. Su historia puede recordarnos a la del Renton de Trainspotting o el chavalín de This is England, pero con un escenario muy particular -un pueblo que se parece mucho a Sant Boi, famoso por sus manicomios- y escrito como una evocación de una época y un paisaje humano, además de un canto a la juventud y el “frescor” de la vida.

Todos conocemos los artículos de Kiko Amat, que se prodiga en numerosas publicaciones y que siempre nos garantiza frescura, diversión y, lo que es más importante, pasión y buen hacer. Por eso siempre escribe sobre lo que le apasiona: la época juvenil y en especial el papel de la música y las diferentes tribus urbanas en ese contexto de la Barcelona postindustrial y asalvajada de los 80 y 90. Quienes nos hemos criado en ese cinturón que solía ser rojo (y ahora alterna varios colores) podremos reconocer muchos de los fenómenos (vamos a llamarlos así) que se asoman a esta fantástica novela: la desesperanza latente, el aburrimiento, la fealdad urbanística, el kitsch popular. Y también su fauna endémica: los cholos, quinquis, chungos, skins… Que en el caso de este pueblo se suma a los enfermos mentales que deambulan durante el día por las calles, y que llevan el sello de lo auténtico. Por ejemplo el loco vestido de sherif que repite sin cesar la frase de “Yo conozco tus obras, que no eres frío ni caliente…”, una risa cada vez que aparece.

rompepistas rosa guirardo

Rosa Guirado (adaptación a cómic de Rompepistas)

En la novela veremos que el joven desastroso apodado Rompepistas (todo el mundo tiene mote aquí) va sumando frentes abiertos, en su familia, el amor, su mejor amigo, los chungos… hasta que decide “poner letra a esta canción”, esto es, actuar, encauzar las cosas. El estilo es chispeante, creíble, escrito con sabiduría, en presente y en primera persona, con un lenguaje perfectamente ajustado a lo que se narra.

Sobre el lenguaje, hay una cualidad que creo que merece mención aparte, y es la incorporación del catalán y lo catalán. Ese trasfondo lingüístico se muestra con una naturalidad que no había encontrado nunca, sin miedo alguno de incluir palabras que pueden no ser entendidas. Rompepistas habla tal cual, y seguro que a ningún lector le supondrá un problema ver panellet, calçot, hacerse grande o:

Garrella, como se dice aquí. Joder, cómo me gustaban sus piernas garrellas.

(p. 185)

rompp

No es fácil construir una voz narradora como la de Rompepistas. Su naturalidad, cercanía y eficacia están sabiamente construidas. Igual que la trama y las escenas más peliagudas, por otro lado: muestran mucho oficio detrás, y se resuelven con solvencia. Quizá las vendettas del final podrían ser más originales, pero ya nos lo dice Amat: no son hippies; esto tampoco es un libro socialdemócrata. Aquí lo que prima son las palizas.

Así que ya sabéis, tenéis aquí una novela que no por su frescura ni por ser divertidísima deja de tocar un poquito el alma. Desde ahí está hecha, desde el mazapán que se forma en la garganta en algunos momentos. Si alguien la ha leido no dudéis en comentar por aquí vuestras impresiones.

“La Muñeca de Kokoschka”, y otros juguetes

Portada_La-muneca-Kokoschka

Este libro se compró con la idea de que fuera la madre de mi novia quien lo leyera, pero de momento sigue en mi casa y soy yo quien lo ha disfrutado, y no poco. Del autor, el portugués Afonso Cruz, no tenía ni idea, pero a estas alturas el sello de la editorial Rayo Verde -o Raig Verd cuando publican en catalán- ya es garantía de acierto, tras haber leído esto y esto otro, novelas de las que dejan poso.

Leo que Cruz ha hecho películas de animación y es también ilustrador, y a las pocas páginas de La Muñeca de Kokoschka ya percibo el aroma de un microcosmos que bien podría estar en una obra de animación o en un cómic. Un mundo que me recuerda a las películas de Jeunet y Caro o al mundo de la novela gráfica. No en vano, ésta lo es, ya que contiene ilustraciones.

Al principio nos encontramos en la ciudad de Dresde (que aparece aquí como Dresden) en plena Segunda Guerra Mundial, a la que pertenece relativamente ajena una pajarería regentada por un tipo curioso llamado Bonifaz Vogel, nombre bastante descriptivo. En ella se esconde el niño judío Isaac Dresner, conocedor de la Torá y que ha llegado a fabricar un peculiar gólem.

Este pintoresco tándem nos proyectará luego a otras historias y otras ubicaciones como París o Lisboa, en un texto bastante cosmopolita y con destellos de poesía y de sabiduría a partes iguales. Un fragmento de los que más me han gustado dice:

-Estoy triste por causa de la condesa.                                                                  

-Señor Vogel, si no está contento con el rumbo de los acontecimientos -dijo Isaac-, sólo tiene que hacer algo muy sencillo: juntar los dos pies, concentrarse y dar un pequeño salto en vertical. Cuando sus pies toquen de nuevo el suelo, la realidad del suelo, cuando abandonen ese instante celeste que es el salto, cuando toquen el suelo, le estaba diciendo, provocará un pequeño temblor que alterará la dirección del universo. Si iba en un sentido determinado, un sentido que, por cierto, no le gusta, basta saltar para ver cambiar el rumbo. Como el temblor es muy pequeño, los efectos no se notan de inmediato, aunque, si pudiera ver el futuro, vería que fue diferente del futuro en el que no saltó. La vida está hecha de esos pequeños saltos.                                                                                                                

-Ya he saltado, Isaac, y no pasa nada.                                                                

-Hay que tener paciencia, señor Vogel, paciencia. Sacuda bien para no salpicar los pantalones. Así.                                                                                  

-Ya no soy joven, Isaac, hay partes en mi cuerpo que incluso son viejas. Amo tanto a la condesa.                                                                                        

-Se ve enseguida que no entiende nada de destinos y esas cosas. ¿Se ha dado cuenta de que cuando llama a un gato (¿se acuerda de Luftwaffe, señor Vogel?) raramente corre hacia usted en línea recta, sino que dibuja una parábola, una curva? Los gatos saben muy bien conseguir lo que desean, son depredadores exactos, eficaces, y lo hacen en arco, describen curvas en su andar. Así es nuestro destino, hacemos curvas y parábolas para que se cumpla a la perfección. Lo redondo es la distancia más corta entre dos puntos. Hay que tener paciencia (que es nuestro sentimiento más esférico).                                                                                                           

-Estoy triste a causa de la condesa.  

(pág. 108)

Oskar-Kokoschka-1922

“Autorretrato con muñeca”, Oskar Kokoschka, 1922

Pronto aparecen otros personajes, cada uno con su historia a cuestas, descritos con pinceladas, todos ellos muñecos como la que da título a la novela y que sólo ejerce como un símbolo que está detrás de la historia. Asistimos a una especie de guiñol donde las figuras van cruzándose, una miniatura del mundo y de la experiencia humana. Si los grandes novelistas del XIX trataron de hacer un fresco de su sociedad, aquí lo que se nos ofrece es esto otro, esta miniatura o, si se quiere, viñeta, una animación propulsada por su estructura de muñeca matrioska.

La historia de Anasztazia y Adele Varga avanza rápida, dando saltos, e incluso la división en capítulos refleja esos saltos. Algunos de ellos son muy breves, apenas una frase, lo que hace que la novela se lea con mucha rapidez. Esto hace que la narración sea muy esquemática: se apunta un nuevo hecho y se desarrolla en el siguiente capítulo, y así casi todo, aunque con idas y venidas, sin perder frescura y capacidad de sorpresa, que es uno de los logros de La Muñeca de Kokoschka.

Debemos suspender aquí cualquier noción de realismo o de qué es plausible o verosímil: estamos en la órbita de lo simbólico, casi alegórico. Un cuento largo repleto de moralejas. Se nos explica en la página 205:

Tendrá, me imagino, algunas dificultades para digerir tantas coincidencias, pero la vida es una compleja maraña de hilos. La mayor parte son invisibles, por eso no podemos descifrar la manera como se anudan entre sí. Pero todo se toca, todos los acontecimientos están unidos entre sí por estas líneas. Lo que hago, al contar esta historia, es acentuar los que veo claramente y percibo como relevantes. Dejo invisibles muchos otros que no considero significativos y muchos más en los que no consigo establecer ninguna relación. Por eso estas historias, las historias de la vida, se parecen a los grandes milagros del destino: porque depuramos lo que no interesa, lo que no nos dice nada, para revelar sólo lo esencial.

La casa de hojas o Cómo no escribir una novela

9788492837465

La casa de hojas se nos presenta -por ejemplo aquí– como una novela revolucionaria, adictiva, terrorífica, metaliteraria, el no va más. Se ha desacado su ambición desaforada, que sin duda es real -y que fue lo que me decidió a leerla, tras echar un vistazo tan sólo al índice-. Se ha leído a la luz de Borges, de Moby Dick, de Conrad, de Joyce… y con buen criterio, pues el autor demuestra haber lanzado guiños y referencias más o menos sutiles en múltiples direcciones. En mi caso, el libro que me ha venido a la mente es uno de esos manuales para aprendices de escritor y que se llama Cómo no escribir una novela. En dicho manual se dan consejos como:

-Que el narrador no intente desactivar las burradas que él mismo cuenta.

-No pasarse en detalles sexuales o escabrosos, sobre todo si no aportan nada.

-No hacer una novela postmoderna.

Estos tres puntos, entre muchos otros, según los autores otorgan muchas papeletas a una novela para que sea impublicable. Danielewski los hace saltar por los aires y, en efecto, parece ser que no le resultó nada fácil conseguir editor. Esa dificultad se debe en buena parte a la endiablada maquetación que exige la obra, llena de diferentes tipografías, colores, símbolos, caligramas y otros recursos visuales, más relacionados o menos con lo que se narra.

9788432232008

La sensación constante al leerla recuerda a la que debió sentir el arquitecto Rogent, cuando le dijo a su alumno Gaudí: no sé si estoy ante un genio o ante un impostor. Durante los primeros capítulos se percibe un sabor a La broma infinita, ni que sea por la relevancia de las notas, que aquí son al pie y aparte de citas de textos en su mayoría ficticios presentan una de las historias principales, la de Johnny Truant y sus anécdotas en Los Ángeles. Poco después uno ya confirma que el autor ha desplegado un arsenal de trucos a lo Joyce, destinado a entretener a la crítica durante unos cuantos años.

Poca relación tiene Truant (el típico manuscrito encontrado) con la historia de El expediente Navidson, la narración de la casa propiamente, que está planteada como el comentario de unas películas que hace un tal Zampanò. Ambas historias son del todo dispares, y uno acaba aborreciendo las interrupciones, a menudo largas y sin sentido, de Truant. La historia de la casa, por contra, aunque tiene mucha fuerza, se resiente de su tratamiento aséptico y de presentar la postal de típica familia americana, que ha propiciado que Danielewski llegara a asegurar que la suya era una novela de amor más que de terror.

IMG_20151016_190240

Este fastidio es creciente, en paralelo a las virguerías también crecientes a las que somete Danielewski al texto, de modo que mediada la novela, habiendo comprobado que el porcentaje de paja -mental- es significativo, uno empieza a leer en diagonal, cuando no a saltarse las larguísimas enumeraciones con que el autor nos obsequia a veces. Estos artefactos que algunos han llamado literatura ergódica exigen, se supone, un esfuerzo extra por parte del lector, pero a veces las vaciladas rozan el abuso, el mosqueo.

Sobre la decisión de escribir una novela postmoderna, el libro de Mittelmark y Newman señalaba el riesgo de que el proyecto desemboque en mamotreto, en producto infumable, frívolo o ególatra. Pero también admite que no hay consejo posible que revierta tal decisión. ¿Por qué? Porque cada cierto tiempo aparece una novela postmoderna de calidad que desmiente tal consejo. ¿Es ése el caso de La casa de hojas? ¿Es realmente una excepción? Animo a que cada cual saque sus conclusiones, adentrándose en los pasadizos de esta obra igual que los exploradores en los pasadizos de la casa: con cuidado y valentía. Y sabiendo cuándo abortar la misión.

 

Amado monstruo de Javier Tomeo o el amor tóxico de una madre

Recientemente, Fran me preguntó si me gustaría colaborar en Novelesca Mente… Y cómo no, me encantó la idea. Et voilà… aquí estoy ya con mi primera entrada. Es todo un placer colaborar en este blog y compartir con vosotros algunas de mis lecturas: las que me sorprenden, me gustan o simplemente creo que merecen la pena ser nombradas. 

11303714_10205640144596112_1107688246_n

Hace unas semanas me recomendaron un libro y yo, como amante de la lectura, me ilusioné como pocas veces. ¿Qué queréis? No todos los días me recomiendan un libro en cuya portada aparece la imagen de Frankenstein con un beso tatuado en la frente y cuya contraportada dice que es “uno de los primeros testimonios de la narración psicologista española”; con lo que a mí me gusta analizar el funcionamiento de la mente humana y el comportamiento de las personas. Solamente por eso, ya me picó la curiosidad. Dicho y hecho, al día siguiente le hinqué el diente encantada de la vida y tengo que decir que no me decepcionó ni un ápice.

Así, como sinopsis e intentando no desvelar demasiado, os podría decir que Amado monstruo es una breve novela que resume el amor tóxico de una madre por un hijo que a sus treinta años quiere demostrarle que ya es todo un hombre. Para ello, Javier Tomeo utiliza como escenario una peculiar entrevista a la que Juan D., el protagonista, acude con la intención de conseguir su primer trabajo.

Una de las cosas que más me ha gustado quizá es el pulso que mantienen Juan D. y Krugger, el entrevistador, en relación al pasado. Es como un “y yo más” que se repite a lo largo del relato, como cuando Krugger intenta resaltar o alinearse con aquello que Juan le cuenta de la relación que tiene con su madre. Para poneros en situación, tenéis que saber que Juan tiene un defecto físico, motivo por el cual su madre siempre lo ha protegido mucho, hasta el punto de que el chico -ya hombre en la novela- ha estudiado en casa y no ha salido apenas del barrio donde vive. Krugger, por su parte, más que una entrevista de trabajo parece que esté realizando una sesión de psicoterapia a su candidato. Quién diría que Juan D. simplemente quiere trabajar como vigilante de un banco.

Pero como no quisiera desvelar más secretos de los necesarios, os diré que vale la pena leérsela. Vale la pena tomar un par de tardes (porque no se necesitan más para estas 78 páginas deliciosas) para conocer a Juan D., Krugger y sus respectivas madres. Personalmente, me he transportado con ellos a la sala de entrevistas mientras leía; es posible que sea una de las novelas que más me ha abstraído de las últimas que he leído. Es genial cómo sin usar un solo guión de diálogo Tomeo crea una conversación de viva voz entre los personajes. Es una delicia la manera cómo intercala las palabras de ambos, con la descripción de la sala donde se sitúa la entrevista, la evolución del tiempo y la meteorología a lo largo de la entrevista, de cómo Krugger se mueve, suspira o habla.

Hay que decir que Juan D. es el narrador-protagonista, es quien nos cuenta las cosas tal como las vive y me parece de lo más encantador e ingenuo. Debe de ser tremendamente complicado crear un personaje tan ingenuo e inocente a sus treinta años de vida, especialmente con lo temprano que perdemos los humanos estas dos capacidades -o cualidades, más bien. Creo que es genial cómo vira el entrevistado de la seguridad de ser “el candidato perfecto” al “quizá sea verdad que más vale que ni lo intente una sola vez esto de trabajar”. Es un cambio paulatino, un pulso entre la inexperiencia y el ánimo del emprendedor contra la experiencia y el atino a los puntos flacos de Juan por parte de Krugger, que parece que en lugar de buscar candidatos para trabajar en un banco quiera encontrar candidatos para llevar a terapia.

Tampoco quisiera terminar sin hablar de la madre de Juan. No sé como sería la madre de Javier Tomeo o de dónde sacaría las ideas para semejante personaje, pero tengo la sensación de que esta mujer es muy completa. Es extremadamente controladora, sabe los puntos débiles de su hijo, sabe cómo hacerse la víctima y cómo conseguir lo que quiere. A decir verdad, veo en ella muchos rasgos negativos de los que he experimentado como hija y he oído por parte de amigos en relación a sus madres. De hecho, el pulso central alrededor del cual gira toda la historia es el que mantienen Juan D. y su madre. Un pulso entre un “mamá, ya soy mayor” y un “hijo, que no te engañen, que no estás preparado para salir al mundo exterior”. La batalla que mantienen estos dos personajes antes de la entrevista es irónica, salvaje, dulce y divertida como pocas; podría equipararse a un duelo de titanes, cada uno con sus armas. Por parte de la madre, la manipulación, y por parte del hijo, la calma y la capacidad de análisis y toma de decisiones respecto a la actitud de su madre. Es un pulso interesante e igualado y, a mi parecer, muy realista.

En fin, mis queridos lectores, es este un libro para leer en un par de tardes con una bebida fresca en la mesa, ahora que llega el verano, y disfrutar de un día de sol a la sombra. Su brevedad es perfecta.

Veredicto: Muy recomendable.

*Esta reseña y otras anteriores, junto con relatos cortos y reflexiones, los podréis encontrar en Little L’s también.

Bovary en bicicleta. “L’altra” de Marta Rojals

f08bc5cc98f1b768881ce583b55c0a78

Dies enrere, quan encara portava només unes pàgines llegides i la història tot just començava a agafar forma, la meva companya em va proposar una aposta. Informada dels trets principals de la trama, em va dir: si al final es queda embarassada em convides a un sopar. Jo defensava el no i n’estava mitjanament convençut. Però al cap d’un o dos capítols ja no hi ha res segur i sorgeix la pregunta: aconseguirà la protagonista femenina mostrar un conflicte amb la vida i amb el món que no passi per un embaràs?

Les principals preocupacions i fonts de conflicte vénen aquí del món de la parella, l’entorn familiar i la situació socioeconòmica. Ara bé, sembla que el tema nens és massa fort com per resistir-s’hi, i acaba traient el cap, juntament amb altres drames que apareixen de manera un pèl tardana a la novel·la i que sembla que ens diguin: ep, no us sentiu tan identificats amb la protagonista, que ara veureu per tot el que ha passat (i que justifica les seves rareses).

Llibres com aquest de la Marta Rojals tenen l’atractiu inqüestionable d’oferir un retrat fidelíssim de la realitat de tota una generació. D’un temps, l’actual, i un país, que és Gràcia (tot i que Gràcia és més aviat un estat d’ànim o una manera de ser, i tant és que els protagonistes no visquin ben bé al barri). Per fer aquest retrat, la novel·la no estalvia res: referències abundants al Facebook, al Whatsapp, a la Brompton, al Barça, a la moda de córrer, al paisatge urbà, però també a l’empobriment, la incertesa immobiliària, les preferents i altres calamitats del nostre present.

Part important d’aquest diguem-ne naturalisme és el llenguatge de cadascun dels personatges, que el retrata perfectament a costa de posar-nos dels nervis en ocasions. L’única amb una parla més neutral, sense cap cursiva, és l’Anna, la protagonista, una noia/dona (allò de que els 40 són els nous 30 i demés) que viu les conseqüències de la precarietat en les seves diverses formes: laboral, familiar, emocional. Presentada des d’una tercera persona que penetra en el seu caparró, l’Anna no és un personatge especialment simpàtic però l’autenticitat de les seves contradiccions, els seus canvis d’humor i les seves reaccions la fan enormement creïble, com a la seva parella, el Nel.

Les escenes sexuals mereixen atenció pel verisme, sobretot la primera, cap a la pàgina 116, en què se’ns mostra meravellosament el contrast entre els fets, que sovint són maldestres, i la vivència d’aquests fets. Després aquestes escenes pateixen un cert estancament i la versemblança se’n ressent, però és d’agrair que el naturalisme també arribi als terrenys eròtics.

L’altra segurament ho petarà bastant (de fet l’exemplar que tinc és de la quarta edició), aprofitant que la Rojals està en un moment àlgid (ahir mateix llegia a la Timeout un article de profunda lloança) i sens dubte és una novel·la de mèrit que dissecciona molt bé certs ambients del present. Falta per veure si el pas del temps li serà amable, però mentrestant cal aprofitar.